
Acercarse a la intimidad de Lezama no era fácil. Se narraba la subida por la escalinata hacia el orbe hermético, sanctum sanctorum de la matriz origenista, recóndita e íntima biblioteca de tomos arcaicos, urna sacra de la fumarada, pupila insomne del oráculo. Pero ni tanto, e Iván Cañas lo demuestra. El ojo curioso, invitador, intuitivo, aleatorio, buscando el esplín psicológico del sujeto. Pero este no es lógico, sino poético, y en este caso el lente resbala. Lo dicho no disminuye la labor del ojo que tira. Cañas conspira, su sujeto tiene otros planes.
Comprendase el límite que nos ocupa. Siempre habrá distancia uno-y-otro, él-y-yo, sujeto-y-objeto, para eso son dueto. El problema de la foto es otro. No ser innata. Ser es la cara redonda, frente de madrugada, de pelo cano rizo con brillantina, labios de película, patricia mirada, nariz gentilicia y bigote cuidado oliendo a café y tabaco.
Reducir la separación entre Colón y Refugio a su mínima expresión, “espíritu en fronesis”, melao del limen. De la parábola poética –el himen. Nada fácil. ¿El lente? Es invasión, pero estas imágenes cañeras presentan a Lógos guiando el retículo. Dixit, “ver como un buey” necesita un vehículo. O mejor, la presunta oposición tornándose sin trasdoblo de santos:
Hay una secuencia, mi preferida, de estos retratos deliberados fortuitos cañeros, en la que Lezama cala el foco. O mejor, seduce y estimula el ¡click!, justo en el montuno de la película. El poeta, empero, se defiende, tabaco en mano, contra el báculo del tuerto –el imprescindible tabaco le sirve de escudo cilíndrico, de ejercicio patricio, de defensa Ruy López.
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