La dialéctica del humo

Acercarse a la intimidad de Lezama no era fácil. Se narraba la subida por la escalinata hacia el orbe  hermético, sanctum sanctorum de la matriz origenista, recóndita e íntima biblioteca de tomos arcaicos, urna sacra de la fumarada, pupila insomne del oráculo. Pero ni tanto, e Iván Cañas lo demuestra. El ojo curioso, invitador, intuitivo, aleatorio, buscando el esplín psicológico del sujeto. Pero este no es lógico, sino poético, y en este caso el lente resbala. Lo dicho no disminuye la labor del ojo que tira. Cañas conspira, su sujeto tiene otros planes.

Leza­ma está cer­ca… demasi­a­do. Cañas ha dado con lo for­tu­ito: “potente opor­tu­nidad, don exquis­i­to”.*
El punc­tum de la cam­era luci­da.

Com­pren­dase el límite que nos ocu­pa. Siem­pre habrá dis­tan­cia uno-y-otro, él-y-yo, suje­to-y-obje­to, para eso son due­to. El prob­le­ma de la foto es otro. No ser inna­ta. Ser es la cara redon­da, frente de madru­ga­da, de pelo cano rizo con bril­lan­ti­na, labios de pelícu­la, patri­cia mira­da, nar­iz gen­tili­cia y big­ote cuida­do olien­do a café y taba­co.

No ser es el rever­so del uni­ver­so, osa­men­ta del alfil­er.

Reducir la sep­a­ración entre Colón y Refu­gio a su mín­i­ma expre­sión, “espíritu en frone­sis”,  melao del limen. De la parábo­la poéti­ca –el himen. Nada fácil. ¿El lente? Es invasión, pero estas imá­genes cañeras pre­sen­tan a Lógos guian­do el retícu­lo. Dix­it, “ver como un buey” nece­si­ta un vehícu­lo. O mejor, la pre­sun­ta oposi­ción tornán­dose sin tras­doblo de san­tos:

Leza­ma se mira en sí diá­fano des­de la lune­ta de Cañas.
¿Cómo sabe­mos? Un cier­to espíritu trans­mu­ta el humo del tabac en halo bucal. De ahí emana el alma del fon­do. El asun­to rad­i­ca en la esen­cia del puro, la dialéc­ti­ca del humo. Cañas con­sigue entreabrir la vanidad espumosa envuelta en viru­tas “cual araña son­rosa­da que se tra­ga el humo”.

Hay una secuen­cia, mi preferi­da, de estos retratos delib­er­a­dos for­tu­itos cañeros, en la que Leza­ma cala el foco. O mejor, seduce y estim­u­la el ¡click!, jus­to en el mon­tuno de la pelícu­la. El poeta, empero, se defiende, taba­co en mano, con­tra el bácu­lo del tuer­to –el impre­scindible taba­co le sirve de escu­do cilín­dri­co, de ejer­ci­cio patri­cio, de defen­sa Ruy López.

¿De qué huye? Sin duda, de sí mis­mo, an-sich del obje­to pul­u­lan­do las esquinas habaneras, la sospecha del no ser del todo 69 –tan solo 365 días, luego de la Gran ofen­si­va. Es entonces que el zumo nicotíni­co abre la llave y arran­ca del olvi­do la mira­da inma­nente y bre­viaria. Son­ríe el poeta e impro­visa a tro­pel, extem­porá­neo e incoa­t­i­vo, nervio en excur­so, dis­cur­so del éter.
Cañas cap­ta al mejor de los Leza­mas, sin estru­en­do, sin estu­por, sin fre­nesí.
El Leza­ma absorto en la aléthëia de efímera bocana­da, tendón del ver­bo, más­cara de la fuma­da, batu­ta cromáti­ca de la mano oro­grá­fi­ca. El Leza­ma libresco en su Castil­lo del Mor­ro, en su estancia de los vivos/muertos, de su eccle­sia mís­ti­ca, de su con­sula­do de vir­tudes.
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* Las fras­es entre comil­las son de Leza­ma.

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