Leo, dos encores, 1976

Leo Brower acaba de tocar el Concierto de Aranjuez para guitarra de Joaquín Rodrigo con la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Manuel Duchesne Cuzán. Los aplausos atronadores, dos salidas apresuradas. Leo regresa acompañado por el director regordete (pareciera un funcionario más que un músico). Saludan y acto seguido desaparecen por el lateral izquierdo. Aumentan los aplausos, prolongandose por medio minuto.

Aparece la del­ga­da figu­ra vesti­da de negro: cuel­lo de tor­tu­ga, pan­talones cam­panas y botines lus­trosos. Se dirige al cen­tro del esce­nario. La caro­ta de pómu­los salientes y labios grue­sos ador­na­da con espe­juelotes negros de carey. Pelo largo, negro y bril­lante. Manos largas, dedos refi­na­dos acari­cian­do el instru­men­to.

Leo no toca la gui­tar­ra como otros vir­tu­osos del momen­to: Yepes parece vio­lar­la, Julian Bream la por­ta como si lo inco­modara, John Williams la exhibe cual con­dec­o­ración mil­i­tar.

Otro nego­cio con Leo, embrol­lán­dose al madera­men, tan­te­an­do la tablazón entre pecho, rodil­la y pier­na. El bra­zo dere­cho se mueve como si dirigiera una sec­ción invis­i­ble de vio­lines; la mano pen­di­ente de cada traste y rápi­dos ajustes a la clav­i­ja. Afi­na. Silen­cio abso­lu­to. La fille aux chevaux de lin de Debussy (tan orig­i­nal como el de Heifetz para vio­lín y piano).

Le sigue la melancóli­ca La plus que lente, del mis­mo com­pos­i­tor.

Rega­lo impre­sion­ista en La Habana cas­trista. Leo otor­ga al silen­cio tan­ta impor­tan­cia como al sonido. Entre frase y frase, del­i­ca­da cas­ca­da modal. La músi­ca fluye, cada frase pen­sa­da, cada nota cristali­na. El intér­prete desafía la gravedad y se ele­va hacia las nubes, fuera de la Habana gris y apun­ta­l­a­da, de con­cen­tra­ciones mul­ti­tu­di­nar­ias.

A no ser por algu­na que otra débil tos, parece que soñamos.

Aque­l­la noche y aquel encore Brow­er-Debussy, entre sacro y pro­fano de notas arcanas y alquimia dec­i­monóni­ca en la oscuri­dad del teatro pudo ser la esce­na de éxta­sis musi­cal en una sim­ple tela vetus­ta y oscu­ra, imag­i­na­da por Eugène Car­rière.

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