Hombre moderno

La modernidad nos convenció de una fábula y es que cada minuto que pasa es un nuevo minuto. Cada hombre moderno lo cree —el imperativo de la modernidad es tener un custodio en ese hombre.

¿Qué es un hom­bre mod­er­no?

No un hom­bre sin reloj.

No un hom­bre sin la agóni­ca certeza de saberse al final o al prin­ci­pio de una edad.

No un hom­bre sin una mis­ión históri­ca o políti­ca.

No un hom­bre en vano —aunque lo fuese, ¿que es no ser en vano?

Muy pre­ocu­pa­do está ese hom­bre por la ver­dad,

lo legí­ti­mo de su momen­to, que es decir dos cosas que son una.

Con lo mod­er­no el tiem­po se mate­ri­al­iza,

(si no entonces la mate­ria se hará mod­er­na).

Por ello el homo mod­er­nus no vive en el aho­ra.

El hom­bre mod­er­no es una elás­ti­ca sus­tan­cia vivien­do en cada instante su pro­pio fin.

Por esa razón vive en una cri­sis inter­minable de la fe.

Su nat­u­raleza críti­ca (es decir, la críti­ca de la críti­ca) le crea un estreñimien­to emo­cional y afec­ti­vo.

Cues­ta mucho tra­ba­jo gus­tar algo sin cav­i­lar la nat­u­raleza el ori­gen y la propadéu­ti­ca de su gus­to.

Con­funde el gus­to de la críti­ca con la críti­ca del gus­to y por tan­to ni crit­i­ca ni degus­ta.

Su sospecha de todo lo imag­in­able no se debe a bus­car un orden en las cosas, sino por un impul­so ascéti­co. Es decir, dis­fru­tar es pecar.

¿A dónde vamos con todo esto?

Qui sapit! 

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